Una mirada psicológica a los silencios que fortalecen… y los que debilitan
Por Juanita González
En distintas etapas de la vida, el silencio adquiere nuevos significados.
Para muchas personas mayores de 60 años, el silencio se vuelve más presente: hay más tiempo disponible, menos obligaciones externas, y en algunos casos, menos personas alrededor. Pero también puede aparecer de forma interna: hablamos menos, escuchamos más, o simplemente sentimos que las palabras no alcanzan.
Desde la psicología, el silencio no es un vacío, sino una forma de experiencia.
A veces es reparador. A veces es señal de algo más profundo que necesita atención.
Lo importante es aprender a distinguir qué tipo de silencio estamos viviendo, para saber si nos está ayudando… o si, sin querer, nos está alejando de nosotros mismos y de los demás.

El silencio como espacio saludable
No todo silencio es negativo. De hecho, en muchas ocasiones, hacer silencio es un acto de salud mental.
Cuando una persona decide tomar unos minutos para estar en calma, pensar, respirar o simplemente observar lo que siente, está usando el silencio como una herramienta de bienestar emocional.
Este tipo de silencio permite:
- Escuchar lo que ocurre en el interior, sin distracciones.
- Descansar de la exigencia de hablar, opinar o explicar todo.
- Darle al cuerpo y a la mente una pausa necesaria.
- Recuperar claridad para tomar decisiones.
No se trata de “aislarse”, sino de elegir un momento de intimidad emocional consigo mismo. Son esos días en los que decimos: “Necesito estar conmigo un rato”.
Muchas personas sienten que después de ese silencio reconectan mejor con sus emociones, con sus recuerdos, o con lo que realmente desean. Es un silencio que ordena.
El silencio que puede ser una señal de alerta
Pero no todos los silencios son buenos.
Hay silencios que no se eligen, sino que se imponen. Silencios que aparecen cuando ya no hay ganas de hablar, cuando sentimos que nadie nos escucha, o cuando algo dentro de nosotros se empieza a apagar.
Este tipo de silencio puede estar relacionado con estados de ánimo más bajos, tristeza no expresada o señales tempranas de depresión.
Algunas señales a las que conviene estar atentos:
- Sentirse desconectado de los demás, incluso con seres queridos.
- Evitar sistemáticamente las conversaciones, aunque haya oportunidad de hablar.
- Pérdida de interés por actividades que antes se disfrutaban.
- Dificultad para dormir o alteraciones en el apetito, sin causa aparente.
- Pensamientos repetitivos o sensación de vacío emocional.
En estos casos, el silencio ya no es una pausa saludable, sino una señal de que algo dentro necesita atención y cuidado.
Y lo más importante: pedir ayuda no es signo de debilidad. Es un acto de madurez y coraje. Hablar con una persona de confianza, con un profesional, o con alguien que pueda escuchar sin juzgar puede hacer una gran diferencia.
Cómo saber qué tipo de silencio estoy viviendo
Una forma sencilla de autoevaluarse es hacerse estas tres preguntas:
- ¿Elegí este silencio porque lo necesito, o simplemente me encerré sin darme cuenta?
- ¿Después de este silencio me siento mejor… o más sola(o)?
- ¿Estoy dejando de hablar con las personas importantes para mí?
Si las respuestas muestran que el silencio está alejándome de mí misma(o) o de los demás, es momento de hacer un cambio. A veces basta con escribir lo que siento, llamar a alguien, o salir a caminar para despejar la mente.
Ejercicios simples para cultivar un silencio que ayuda
Si sientes que el silencio puede ser un buen compañero, te propongo algunas prácticas sencillas para hacerlo aún más enriquecedor:
- Cinco minutos en silencio al despertar o antes de dormir, solo respirando.
- Escribir en un cuaderno lo que estás sintiendo, aunque no tengas palabras precisas.
- Escuchar música suave sin hacer otra cosa, permitiéndote sentir.
- Caminar sin hablar ni escuchar nada, solo observando lo que hay a tu alrededor.
- Pedir un momento de silencio a quienes te rodean, como un espacio que también merece respeto.
Estas pequeñas pausas pueden ayudarte a cuidar tu salud emocional y darte claridad en momentos de confusión.
El silencio no es bueno ni malo por sí mismo. Lo importante es entender por qué está allí y cómo te hace sentir.
Hay silencios que nutren, que conectan, que te devuelven el centro. Y hay otros que te aíslan, que pesan, que duelen.
Escuchar ese silencio —y lo que dice de ti— es una forma profunda de autocuidado.
Y si alguna vez sientes que el silencio se vuelve demasiado largo, demasiado pesado, o demasiado triste, no lo enfrentes sola(o). Habla. Pide compañía. Busca ayuda.
Porque el alma también necesita ser escuchada.


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