Mirar la propia historia con ojos nuevos
Una invitación a reconocer el valor emocional y
simbólico de lo vivido, desde la psicología del bienestar
A medida que avanzamos en la vida, es natural detenernos a mirar atrás. No desde la
nostalgia paralizante, sino desde el deseo profundo de comprendernos mejor. Nuestra
historia personal se convierte en una fuente valiosa de identidad, sentido y sabiduría.
Y sin embargo, muchas personas mayores de 60 años siguen cargando una mirada
crítica, incluso avergonzada, de su propio pasado. Como si lo vivido no fuese
suficiente. Como si solo contaran los logros visibles.
Pero desde la psicología, sabemos que la manera en que nos narramos tiene un
impacto directo en nuestro bienestar emocional. Por eso, este artículo propone una
pausa: para resignificar la historia personal no desde el juicio, sino desde el
reconocimiento compasivo.
¿Cómo te estás contando tu historia?
Una de las herramientas más poderosas de la mente humana es la capacidad de
construir narrativas. No recordamos nuestra vida como una secuencia de datos, sino
como un relato cargado de significados. Y muchas veces, ese relato está marcado por
el perfeccionismo, la culpa o la comparación.
En consulta, es común escuchar frases como:
– “Perdí mucho tiempo…”
– “No hice lo que debí…”
– “Mi vida no fue nada extraordinaria…”
Estas frases, repetidas a lo largo de los años, generan una huella emocional. La
persona empieza a sentirse disminuida, como si no tuviera derecho a sentirse
orgullosa de lo vivido. Pero este guion puede cambiar.
Y empieza cuando dejamos de ver el pasado como una lista de errores, y lo miramos
como el terreno donde crecimos, resistimos y evolucionamos.
La narrativa reparadora: un puente entre el pasado y el presente
Desde la psicología narrativa y el enfoque humanista, resignificar la propia historia
implica reconstruir el relato desde una perspectiva más amable y coherente con
la persona que hoy somos.
Esto no significa idealizar o negar los momentos difíciles, sino integrarlos con dignidad.
Algunas claves para este proceso son:
• Aceptar la imperfección como parte de lo humano. La vida no se mide por
logros perfectos, sino por cómo fuimos capaces de seguir caminando.
• Reconocer los pequeños actos de valentía cotidiana. Aquellos momentos
donde nos sostuvimos, aunque nadie lo supiera.
• Identificar las decisiones que nos han acercado a quienes somos. Incluso
las más simples pueden haber tenido un impacto profundo.
• Darle voz a partes de nuestra historia que nunca fueron escuchadas. A
veces, escribir una carta a nuestro “yo” de hace 20 o 30 años puede ser un acto
profundamente reparador.
¿Por qué mi historia tiene valor, aunque no sea extraordinaria?
Porque ha sido vivida. Sentida. Sostenida con amor, esfuerzo y sentido.
Porque cada persona mayor tiene dentro de sí un legado emocional que merece ser
compartido.
Porque cada historia contiene momentos de humanidad que pueden inspirar a otros.
La investigación en psicología positiva señala que las personas que se reconcilian
con su historia experimentan mayor bienestar, autoestima estable y deseo de
contribuir. No porque todo haya sido fácil, sino porque aprendieron a mirar su vida con
ojos nuevos.
Un ejercicio que puede ayudarte
Tómate un momento.
Piensa en un objeto, una foto o un recuerdo que represente un capítulo significativo de
tu vida.
Sostén ese objeto y respira.
Pregúntate:
– ¿Qué me enseñó esta etapa?
– ¿Qué parte de mí nació allí?
– ¿Qué me diría hoy, desde el amor, a quien era yo entonces?
Puedes escribirlo. Puedes solo sentirlo. Lo importante es darle valor a lo que antes
quizás solo veías como pasado.
Tu historia no se repite: es un tesoro irrepetible
En esta etapa de la vida, cuando muchos comienzan a buscar nuevas formas de vivir,
tu historia puede convertirse en una brújula. No para volver atrás, sino para entender
desde dónde vienes y qué semillas aún quieres sembrar.
No tienes que compartirla con todo el mundo. Basta con que tú la reconozcas como
valiosa.
Y si decides compartirla, puede que otras personas también encuentren fuerza y
ternura en lo que tú viviste.
Porque tu historia, así como es,
merece ser contada desde la dignidad.


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