Volver a lo esencial 

Llegar a los 60 o más años no significa detener la vida, sino abrir la puerta a un nuevo ritmo. Un ritmo que ya no responde a la carrera interminable del “tener que”, sino a la necesidad de conectar con lo que de verdad da sentido. Muchas personas en esta etapa me comparten que sienten una mezcla de alivio y desconcierto: alivio por dejar atrás ciertas responsabilidades, pero también desconcierto porque el silencio de las obligaciones deja espacio a preguntas profundas. 

En medio de esa búsqueda, la prisa suele aparecer como una herencia cultural difícil de soltar. Una prisa que nos enseñó a medir nuestro valor en función de lo productivos que éramos, de lo rápido que cumplíamos, de lo mucho que lográbamos. Y cuando esa prisa ya no tiene razón de ser, puede transformarse en ansiedad, vacío o desconexión con uno mismo. 

La prisa y sus huellas 

Desde la mirada clínica, observo cómo la prisa sostenida durante años puede dejar marcas en el cuerpo y en la mente. Aparece como tensión muscular, insomnio, irritabilidad o una sensación de estar “apagados por dentro”. No es casualidad: vivir siempre corriendo nos desconecta de la capacidad de disfrutar lo pequeño, lo cercano y lo verdadero. 

Reconocer esta herencia cultural es el primer paso para liberarnos de ella. Porque la prisa no es un rasgo inevitable, es un hábito aprendido. Y todo hábito aprendido, también puede transformarse. 

Qué ocurre cuando desaceleramos 

La psicología del bienestar y la experiencia clínica nos muestran algo poderoso: cuando desaceleramos, nuestro sistema nervioso encuentra un equilibrio. La respiración se hace más profunda, el corazón recupera calma, la mente se abre a la claridad. El cuerpo deja de estar en alerta y se reconecta con la sensación de seguridad y disfrute. 

Al regalarnos un instante de alegría —aunque sea diminuto— estamos activando una cadena de beneficios: reducimos el estrés, fortalecemos nuestro estado de ánimo y recuperamos energía vital. Esa pequeña pausa se convierte en medicina emocional. 

Ejemplos que transforman 

No hablamos de grandes logros, sino de gestos cotidianos: 

  • Preparar tu bebida favorita y tomarla con calma, sin mirar el reloj. 
  • Escuchar una canción que marcó tu juventud y dejar que evoque recuerdos. 
  • Llamar a un ser querido solo para decir: “pensé en ti”. 
  • Caminar sin meta, disfrutando del aire y de lo que ves alrededor. 
  • Sonreírte en el espejo como recordatorio de que sigues siendo vida, y sigues mereciendo dicha. 

Estos gestos sencillos son anclas que nos devuelven al presente y nos recuerdan que la alegría no está fuera, sino dentro de nosotros, esperando ser despertada. 

Una invitación al autocuidado 

Regalarte una alegría hoy no es un acto de egoísmo, es un acto de salud emocional y de legado. Porque al vivir desde la pausa y el disfrute, ofreces un ejemplo poderoso a quienes te rodean: hijos, nietos, amigos, vecinos. Les enseñas que la vida se honra también en lo sencillo, en lo compartido, en lo auténtico. 

Así que no lo postergues. Piensa en algo pequeño que puedas hacer hoy para alegrar tu corazón. Hazlo. Ese gesto no solo te nutre a ti: es una semilla que, al compartirse, enriquece también a las nuevas generaciones. 

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Bienvenido a Volver a Vivir con Sentido

Volver a vivir con sentido» es un espacio creado por Lila, después de una vida dedicada al trabajo, los proyectos y el acompañamiento de otros. Hoy, desde la serenidad y la experiencia, comparte su deseo de vivir de una forma más auténtica y plena, recordándonos que después de los 60 no se apaga nada: al contrario, comienza lo mejor. Este blog es una invitación a reconectar con lo esencial, nutrir el alma y descubrir nuevas maneras de dar, crear y amar.