Cuando el alma aprende a no endurecerse, incluso después de todo.
A veces, ser fuerte se parece más a una caricia que a un escudo

A quienes hemos vivido ya varias décadas, la vida nos ha enseñado muchas formas de resistir. Hemos aprendido a levantar la voz cuando hace falta, a defender lo que importa, a caminar con firmeza incluso cuando el suelo tiembla. Pero hay una fuerza distinta, silenciosa, que muchas veces pasa desapercibida: la ternura.
Y es que en un mundo que valora la rapidez, la competencia, la dureza, elegir la suavidad parece un gesto frágil. Pero no lo es. Es una decisión valiente. Y profunda.
No siempre fuimos así
Recuerdo que durante mucho tiempo asocié la ternura con la infancia, con la vulnerabilidad, con lo que uno debía superar para “ser fuerte”. Ser fuerte era no llorar, no mostrar debilidad, no depender de nadie. Ser fuerte era apretar los dientes y seguir.
Hasta que un día —sin hacer ruido— la vida me mostró algo diferente.
No fue en medio de una gran batalla. Fue en lo cotidiano. En el gesto de una amiga que me sostuvo la mirada mientras yo callaba. En el abrazo inesperado de un sobrino – nieto que no pidió permiso. En ese momento de hablarme con dulzura, por primera vez, después de haberme exigido tanto.
Y comprendí que hay una ternura que no debilita, sino que repara.
Ternura no es debilidad. Es presencia.
La ternura no es ingenuidad. No es pasividad. No es resignación. Es presencia sin juicio.
Es estar aquí, disponibles, sin armadura.
Es elegir mirar al otro – y a uno mismo – con compasión, incluso cuando sería más fácil cerrarse.
Una persona tierna no es la que nunca ha sido herida, sino la que elige no devolver la herida.
Eso, créeme, requiere más fuerza de la que imaginamos.
Con los años, la ternura madura
Llegados a esta etapa de la vida, muchos hemos soltado roles que nos pedían dureza. Ya no tenemos que demostrar tanto. Ya no necesitamos ganarlo todo.
Y ahí aparece un nuevo poder: el de la ternura consciente, esa que se ofrece sin miedo, sin cálculo, sin culpa.
Es una ternura que:
- Pone límites sin necesidad de herir.
- Abraza sin invadir.
- Sabe escuchar más que responder.
- Mira con hondura, no con prisa.
Y quizás lo más importante: no pide permiso para quedarse.
Ternura también con uno mismo
¿Sabes qué es verdaderamente valiente?
Ser tiernos con nosotros mismos.
Después de años de exigencia, de autoevaluaciones duras, de silencios que dolieron más que las palabras…
Decidir hablarnos con ternura, cuidarnos sin juicios, perdonarnos sin condiciones, eso es empezar a vivir distinto.
No desde la culpa.
Sino desde la humanidad compartida.
Porque hay muchas formas de ser fuerte. Y esta es una de ellas.
Tal vez ya no levantamos tanto peso como antes.
Tal vez el cuerpo tiene nuevas fragilidades. Pero el alma… el alma ha ganado una fuerza suave, luminosa, profunda. Una fuerza que no grita,
que no se impone, que no necesita demostrar nada.
Una fuerza que se sienta junto a alguien, le toma la mano, y le dice con los ojos:
“Estoy aquí. Y eso basta.”
Para reflexionar despacito…
- ¿Cuándo fue la última vez que me hablé con ternura?
- ¿Qué relación tengo con la suavidad: la valoro o la escondo?
- ¿Qué pasaría si hoy me tratara como trataría a quien más quiero?
