MI ESPACIO SAGRADO: UN REFUGIO QUE SIEMPRE ESTUVO AHÍ
Un recordatorio suave para quienes, después de los 60, buscan volver a sí mismas con calma y sentido.
Cuando uno descubre que también necesita un lugar propio
Con los años, una aprende que no todo se comparte.
El mundo, la familia, las rutinas… siempre han sido importantes. Pero llega un momento – a veces silencioso, a veces inevitable – en el que aparece una pregunta sencilla y profunda:
“¿Dónde me encuentro conmigo?”
No es una pregunta dramática.
Es más bien una revelación tranquila. Un darse cuenta de que, después de toda una vida dando espacio a otros, una también merece un rincón donde respirar, sentir y escucharse con honestidad.
Y ese lugar, no tiene que ser perfecto ni solemne.
Solo tiene que ser tuyo.
El valor de un rincón que nos pertenece
En esta etapa de la vida, donde muchas cosas se vuelven más claras, tener un espacio sagrado no es un lujo: es una necesidad emocional.
Un rincón propio nos permite:
- bajar la velocidad interior,
- dejar caer tensiones que ni sabíamos que cargábamos,
- sostener conversaciones honestas con una misma,
- recordar lo que nos hace bien.
A veces, basta con una silla junto a la ventana.
O un cojín donde sentarse sin obligación.
O una vela que enciendes solo por el simple gesto de decirte: “Este momento es para mí.”
Ese pequeño acto tiene un poder inmenso.
¿Por qué cuesta tanto darnos ese espacio?
Porque crecimos atendiendo, resolviendo, sosteniendo.
Porque nos acostumbramos a ser disponibles, responsables, fuertes.
Y sin darnos cuenta, dejamos para el final aquellas cosas que eran esenciales para nuestra paz.
Muchos adultos mayores lo expresan igual:
- “No quiero molestar.”
- “No es tan importante.”
- “Ya habrá tiempo.”
Pero la verdad es otra: si no nos damos lugar ahora, ¿cuándo?
Después de los 60, la vida comienza a pedirnos presencia.
Pide silencio amable.
Pide volver a casa… dentro de una misma.
Cómo crear tu espacio sagrado (sin complicaciones)
No necesitas grandes cambios. Solo intención.
Aquí unas ideas sencillas que funcionan:
- Elige un rincón que te haga bien
Puede ser una esquina luminosa, una mesa pequeña, un banco, una planta.
Lo importante es que, al mirarlo, tu cuerpo exhale.
- Coloca algo que hable de ti
Una vela, una piedra, un libro, una tela suave.
Objetos que no decoran: acompañan.
- Decide un pequeño ritual
Encender la vela.
Respirar tres veces.
Sentarte en silencio dos minutos.
Agradecer el día.
Recordar quién eres.
- Protégele su valor
Ese espacio no es para el desorden, ni para correr tareas.
Es un refugio.
Tu refugio.
El espacio sagrado no es un lugar: es un regreso
Con el tiempo, descubrirás algo hermoso:
tu espacio sagrado no vive solo en ese rincón de la casa.
Se va contigo.
Está en la forma en que respiras.
En la paciencia con la que te hablas.
En la suavidad con la que te tratas.
En la calma con la que miras lo que la vida trae.
Un espacio sagrado es, al final, una relación:
la relación que decides tener contigo misma.
Un cierre para el alma
Si estás leyendo esto, quizás sea porque ya lo intuyes:
mereces un lugar donde sentirte habitada, no solo ocupada.
Mereces un rincón que te recuerde que sigues creciendo por dentro.
Un gesto propio, sencillo, íntimo, que te diga cada día:
“Aquí estoy. Aquí me encuentro. Aquí me escucho.”
Y cuando ese espacio exista – aunque sea diminuto –
habrás abierto una puerta que la vida te venía ofreciendo desde hace tiempo.
Una puerta hacia ti.
