
Para quienes han cruzado los 60, y descubren que el tiempo ya no corre, sino que invita a caminar con sentido.
No hace mucho, mientras tomaba un café frente a la ventana, me descubrí observando la forma en que la luz de la tarde se filtraba por las cortinas. No había prisa. No había ruido. Solo ese instante. Y me di cuenta de algo: estar presente es un acto de amor. Un gesto sencillo que muchas veces olvidamos en la velocidad de la vida.
A nuestra edad, ya no corremos por demostrar, competir o acumular. Ahora, lo que más valor tiene es la calidad de los momentos, la profundidad de las conversaciones, la ternura de las miradas lentas. Y todo eso comienza con estar. Realmente estar.
Estar presente no es automático. Es una elección.
A veces estamos… pero con la mente en otro lugar. El cuerpo sigue la rutina, pero el alma está distante. Y lo notamos: porque algo se siente desconectado, superficial, apurado. La presencia, esa presencia que abraza, que escucha, que nutre, no ocurre sola. Hay que cultivarla.
Requiere silencio. Una pausa antes de responder. Una respiración más profunda. Un gesto que diga: «estoy contigo, de verdad». Y también con uno mismo: mirar hacia adentro y no salir corriendo.
El cotidiano puede ser sagrado.
No necesitamos grandes eventos para sentir que la vida vale la pena. Una taza de café que sabe distinto porque estamos presentes. Una conversación sin interrupciones. La luz del sol bailando en la pared. Un hermoso atardecer. Todo eso puede transformarse en milagro si aprendemos a habitar el momento.
Cuando estamos presentes, todo se vuelve más simple. La palabra llega mejor. La sonrisa se siente. La vida nos toca más hondo.
La presencia también es con uno mismo.
En esta etapa, donde muchos caminos ya se han recorrido, es común mirar hacia atrás. Pero también es vital mirar hacia adentro. Estar presente no solo con los demás, sino con lo que sentimos, con lo que deseamos, con lo que necesitamos hoy.
Tal vez es momento de bajarle el volumen al deber y subirle a la escucha interior. De no correr tras lo que ya no queremos, y abrazar lo que nos hace bien, así de simple.
Regálate tu propia presencia.
No hace falta hacer más. Solo estar. Con todo tu ser. Con el alma despierta.
En este nuevo tiempo que vivimos, estar presente es una forma de sabiduría. Una manera de decir: «esto que soy, esto que vivo, es suficiente, es valioso». Y desde ahí, compartirlo con otros también se vuelve un regalo.
@volveravivirconsentido
