UNA CARICIA PARA EL ALMA
Cuando el cuerpo sigue, pero el corazón pide descanso

Introducción: ese cansancio que no es del cuerpo
A cierta edad uno aprende a reconocer que hay cansancios que no vienen de caminar mucho, ni de trasnochar, ni de hacer más de la cuenta. Hay cansancios más finos, más silenciosos.
De esos que se sienten en el pecho, en la respiración, en esa voz interior que a veces dice: “Hoy no puedo con todo.”
Muchas personas mayores me lo han dicho con palabras distintas, pero con la misma sensación:
“Tengo energía… pero me falta un abrazo por dentro.”
Y no hablan de un abrazo físico. Hablan de una caricia para el alma, de ese gesto íntimo que no se ve, pero que cambia el día.
Este artículo nace desde ahí: desde esa necesidad real, humana y legítima de darnos suavidad sin tener que demostrar nada.
Cuando la vida se vuelve exigente… incluso sin quererlo
Con los años, la vida debería volverse más liviana. Pero no siempre es así.
A veces cargamos con:
- responsabilidades que no queremos soltar,
- preocupaciones que se acumulan,
- silencios que nadie más nota,
- y una sensación constante de “estar presentes para otros”.
Ser fuertes durante tanto tiempo deja huellas.
Y llega un punto en el que el alma empieza a pedir algo diferente:
menos lucha… y más ternura.
No es debilidad. Es sabiduría.
La ternura hacia uno mismo: una fuerza que aparece tarde, pero a tiempo
En la juventud, solemos creer que cuidarse es “perder el tiempo”.
Después de los 60, esa mirada cambia.
Muchas personas descubren que la ternura – hacia una misma, hacia uno mismo -es una forma de dignidad.
Una caricia para el alma puede ser algo tan simple como:
- hablarse con respeto,
- suspirar sin culpa,
- escuchar una melodía que reconforta,
- detenerse a sentir el aire en la cara,
- o dejar de exigirse explicaciones por estar cansado.
No se trata de grandes gestos.
Se trata de volver al centro, a esa parte de nosotros que sigue intacta incluso después de todo lo vivido.
La culpa de descansar: una herencia que cuesta soltar
A muchas personas mayores les cuesta darse suavidad.
No porque no quieran, sino porque fueron educadas desde el deber:
“Primero los demás”,
“No seas flojo”,
“No te quejes”,
“Hay que seguir”.
Pero llega un momento en el que el alma pide otro lenguaje.
Un lenguaje más amable, más lento, más humano.
Y una caricia para el alma empieza por permitirse sentir sin juzgar.
No hace falta tener motivos para descansar.
No hace falta justificar un respiro.
A veces basta con reconocer: “Hoy necesito tratarme bien.”
¿Cómo se toca el alma sin manos? Pequeños gestos que sostienen
No siempre sabemos por dónde empezar.
Aquí algunas formas sencillas – y profundas – de regalarse esa caricia interior:
- Encender una vela para recordar que aún hay luz dentro.
- Prepararse algo rico solo porque sí.
- Cerrar los ojos un minuto y volver al propio ritmo.
- Hablarse como se le hablaría a alguien amado.
- Elegir una canción que alivie, no que distraiga.
- Descansar sin culpas.
Son gestos pequeños, pero tienen un efecto enorme:
nos devuelven a la vida desde otro lugar.
A esta edad, la ternura es también una forma de resistencia
No se trata de rendirse.
Se trata de dejar de pelear con uno mismo.
De aprender a sostenerse con suavidad, especialmente en los días simples, en los días comunes, en los días en que nadie más nota que necesitamos algo más.
Una caricia para el alma no es un lujo.
Es una práctica de autocuidado profundo.
Es una afirmación tranquila que dice:
“Sigo aquí, sigo siendo valioso, sigo mereciendo lo mejor de mí.”
Conclusión: un gesto íntimo que puede cambiar un día entero
Si algo nos regala la madurez es la posibilidad de vivir desde otro lugar:
más consciente, más presente, más alineado con lo esencial.
Regalarse una caricia para el alma no es egoísmo.
Es un acto de amor propio que libera energía, calma la mente y abre espacio para disfrutar lo que realmente importa.
Y quizás, solo quizás, también inspire a otros a hacer lo mismo.
Porque cuando uno se trata con ternura, el mundo, sin darse cuenta, también empieza a tratarnos mejor.
